Al libro lo han dado por muerto tantas veces que, a estas alturas, debería tener una buena colección de esquelas.
Primero iba a desaparecer por culpa de la radio. Después llegó la televisión, esa caja que supuestamente acabaría con la lectura, las conversaciones familiares y probablemente también con las cenas a una hora razonable. Más tarde aparecieron Internet, el teléfono móvil, las redes sociales, los vídeos de quince segundos y una larga lista de tecnologías presentadas como la última amenaza contra nuestra capacidad de atención.
El libro sigue ahí. Las historias siguen ahí. Siempre encontramos nuevas formas de contar historias, porque lo necesitamos.
Algunas librerías han cerrado, otras han abierto. Se venden novelas en papel, en formato electrónico y en audiolibro. Hay personas que leen setecientas páginas de fantasía y, diez minutos después, ven un vídeo en el que alguien limpia una alfombra con una máquina de agua a presión.
La conducta humana nunca ha destacado por su coherencia.
Lo que tampoco ha desaparecido es nuestra necesidad de contar y escuchar historias. Cambian los soportes, aparecen nuevos hábitos y algunos formatos duran menos que una contraseña mal elegida. Aun así, seguimos buscando personajes, conflictos, misterios y mundos en los que entrar durante un rato.
De ahí nace Historias Digitales.
Un espacio dedicado a quienes siguen pensando que todavía quedan formas de contar una historia sin limitarse a colocar un texto en una pantalla y llamarlo innovación.
La humanidad lleva demasiado tiempo viviendo de historias
Antes de escribirlas, las historias se contaban alrededor del fuego. La frase suena solemne, pero probablemente también había alguien interrumpiendo, exagerando los detalles y asegurando que el animal que había visto era bastante más grande.
Contar historias servía para recordar, enseñar, asustar, entretener o explicar aquello que nadie terminaba de comprender. Con el tiempo llegaron la escritura, el teatro, la imprenta, la fotografía, el cine, la radio, la televisión y los videojuegos.
Cada medio incorporó sus propias reglas.
Una novela permite entrar en la cabeza de un personaje durante horas. El cine controla la imagen y el ritmo. La radio convierte una voz y unos cuantos sonidos en un lugar completo. Los videojuegos dejan que el jugador actúe dentro del relato, aunque a veces emplee más tiempo reorganizando el inventario que salvando el mundo.
Internet añadió otra posibilidad: una historia puede repartirse entre distintos espacios y aparecer en los mismos canales que utilizamos para trabajar, hablar o perder el tiempo.
Puede comenzar en una página web y continuar por correo electrónico. Un personaje puede tener una cuenta en una red social, publicar durante semanas y desaparecer sin dar explicaciones. Una grabación puede contradecir lo que acabas de leer. Una conversación puede responder de forma distinta según lo que preguntes.
Ahí empiezan las historias digitales que me interesan.
Internet también puede formar parte de la trama
Buena parte del contenido digital sigue utilizando Internet como una tubería.
Se escribe algo, se publica en una web y se mueve por redes para conseguir visitas. El texto podría estar impreso, enviado por fax o fotocopiado en una gestoría de 1997 y, salvo por algunos enlaces, apenas cambiaría.
Las narrativas digitales pueden utilizar el medio de otra manera. El correo, las redes, los audios, las páginas ocultas o las conversaciones pasan a intervenir en la historia.
El formato aporta información.
Un correo enviado a las 3:17 de la mañana dice algo sobre quien lo escribió, incluso antes de abrirlo. Una cuenta con cuatro años de publicaciones construye un pasado. Un audio permite escuchar una pausa, una respiración o un ruido que el personaje quizá prefería ocultar.
Esos detalles convierten el soporte en parte del relato.
La tecnología, por supuesto, tampoco hace milagros. Añadir un código QR a una novela mediocre no la convierte automáticamente en una experiencia inmersiva. Crear cinco perfiles sociales para unos personajes planos solo consigue tener cinco perfiles sociales de personajes planos.
La herramienta amplía las posibilidades. El trabajo creativo sigue siendo el mismo de siempre: escribir bien, entender a los personajes, controlar el ritmo y saber qué información debe recibir el lector en cada momento.
El botón viene después.
Los creativos siguen teniendo trabajo
Cada vez que aparece una tecnología nueva, alguien anuncia que los creadores serán sustituidos.
Pasó con las cámaras digitales, con los programas de edición, con los bancos de imágenes, con las redes sociales y con la inteligencia artificial. La presentación suele incluir palabras grandiosas, una demostración cuidadosamente preparada y una diapositiva donde una flecha asciende hacia algún futuro extremadamente rentable.
Después llega el lunes.
Hay que decidir qué contar, para quién, desde qué punto de vista y con qué tono. Hay que descartar ideas que parecían brillantes a las doce de la noche y resultan bastante menos brillantes después del desayuno.
También hay que revisar, corregir, probar y aceptar que una escena que llevó tres días escribir puede sobrar por completo.
Los escritores, diseñadores, guionistas, ilustradores, programadores, músicos y creadores audiovisuales trabajan ahora con más herramientas que nunca. Esto abre caminos interesantes, aunque también genera una cantidad respetable de ruido.
Se publican más textos, imágenes, vídeos y audios de los que una persona podría consumir aunque renunciara a dormir y a mantener cualquier tipo de relación social.
El reto creativo ha cambiado. Ya no basta con producir una pieza. Hay que conseguir que tenga una razón para existir entre miles de piezas parecidas.
Las nuevas formas de contar historias pueden ayudar.
Una buena historia organiza el caos. Da sentido a los detalles, crea expectativas y hace que una persona quiera saber qué ocurre después. Esa capacidad sigue siendo útil en una novela, en un videojuego, en una campaña publicitaria o en una experiencia narrativa repartida durante varias semanas.
La tecnología promete mucho y conserva poco
Internet tiene una relación curiosa con la memoria.
Parece que todo queda registrado para siempre, pero una parte considerable de la cultura digital desaparece cuando cierra una plataforma, caduca un dominio o alguien deja de pagar un servidor.
Hay historias creadas en blogs que ya no existen. Experimentos narrativos desarrollados en redes sociales cuyas publicaciones han sido eliminadas. Juegos que dependían de páginas, teléfonos o sistemas que dejaron de funcionar.
Algunos proyectos digitales sobreviven gracias a capturas de pantalla borrosas y a usuarios que recuerdan vagamente haber participado en ellos.
También hay formatos que nacen rodeados de titulares y desaparecen antes de que termine la conversación sobre su futuro. La industria tecnológica tiene una habilidad especial para presentar cada novedad como el destino inevitable de la humanidad.
Meses después, el destino inevitable aparece abandonado junto a las televisiones 3D, los códigos de invitación y varias aplicaciones que iban a cambiar la manera de relacionarnos.
Esta web también servirá para rastrear esos proyectos. Quiero recuperar historias digitales, ficciones interactivas, narrativas transmedia y experimentos creativos que utilizaron la tecnología con inteligencia, incluso cuando el soporte que los hizo posibles ya ha desaparecido.
Qué encontrarás en Historias Digitales
En este espacio publicaré artículos sobre nuevas formas de contar historias, proyectos creados en Internet y obras que mezclan distintos formatos.
Hablaré de narraciones desarrolladas mediante emails, redes sociales, audio, páginas web, videojuegos, mensajes o conversaciones. También habrá sitio para experimentos anteriores, incluidos aquellos que aparecieron cuando conectarse a Internet implicaba ocupar la línea telefónica de toda la casa y escuchar un ruido parecido al de una máquina intentando pedir ayuda.
Analizaré cómo funcionaban esos proyectos, qué papel tenía el público y por qué algunas ideas consiguieron resultar convincentes mientras otras se quedaron en una ocurrencia técnica.
También escribiré sobre los profesionales que los crean.
Detrás de una experiencia digital suele haber mucho más trabajo del que se percibe desde fuera. Hay guion, documentación, diseño, programación, edición de sonido, planificación y una cantidad poco saludable de hojas de cálculo.
Cuando todo funciona, el mecanismo permanece oculto.
El lector recibe un mensaje, encuentra una pista o escucha una voz. Ignora que alguien ha pasado varias horas comprobando fechas para evitar que un personaje publique un martes algo que supuestamente ocurrió el jueves.
Ese trabajo invisible también merece ser contado.
Historias que salen de la página
Estoy preparando varios proyectos narrativos concebidos para vivir en distintos canales.
Cada historia tendrá su propio formato. Algunas podrán apoyarse en el correo. Otras utilizarán audios, publicaciones, conversaciones o páginas que aparezcan en momentos concretos.
La intención es que cada medio cumpla una función dentro del relato. Nada de repartir la misma información por cinco canales y celebrar que se ha creado una estrategia transmedia.
Una historia distribuida necesita coordinación. Cada pieza debe funcionar por separado y, al mismo tiempo, aportar algo al conjunto. El lector puede perderse un fragmento, llegar tarde o interpretar una pista de manera distinta a la prevista.
Ese margen de incertidumbre forma parte del proceso.
Mientras esos proyectos toman forma, Historias Digitales reunirá referencias, análisis y casos que ayuden a entender qué están haciendo otros creadores en este terreno.
Habrá propuestas brillantes, ideas extrañas, proyectos fallidos y alguna pieza que seguramente resulte imposible clasificar sin inventar una categoría nueva.
Seguimos necesitando que alguien nos cuente algo
La discusión sobre la muerte del libro suele confundir el soporte con la costumbre.
Puede cambiar el tiempo que dedicamos a leer, la forma en que compramos una novela o el dispositivo desde el que seguimos una historia. También pueden cambiar los modelos de negocio, las plataformas y las profesiones implicadas.
La necesidad permanece.
Seguimos escuchando pódcast mientras caminamos, viendo series durante varias horas, leyendo conversaciones ajenas, siguiendo cuentas de personajes inventados y pagando por entrar en mundos que sabemos ficticios.
Incluso las personas que aseguran que ya no leen pasan el día interpretando relatos. Algunos llegan en forma de vídeo. Otros aparecen como hilos, noticias, campañas publicitarias o mensajes cuidadosamente preparados para parecer espontáneos.
Vivimos rodeados de historias. Muchas son malas. Algunas intentan vendernos algo. Otras aspiran a que discutamos con desconocidos.
Por eso merece la pena prestar atención a quienes prueban formas distintas de contarlas.
Historias Digitales nace para hablar de esos creadores, de sus proyectos y de los formatos que están apareciendo entre la literatura, el juego, el cine, las redes y la tecnología.
El libro puede respirar tranquilo.
El problema nunca fue que dejaran de existir las historias. El problema es encontrar, entre todo lo que se publica, aquellas que todavía consiguen que olvidemos durante un momento dónde termina la pantalla.
Bienvenido a Historias Digitales.
